Cuando venimos al mundo conocemos al miedo.
Se presenta como un amigo que nos protege.
A menudo, nuestras cercanías nos heredan los propios y alimentamos su apetito voraz que lo convierte en tirano.
Como un virus se propaga velozmente, sin anticuerpos, sin estar preparados, y nos nubla el razonamiento.
Sin darnos cuenta nos cambia la alegría de la sorpresa por desconfianza, la generosidad y el arrojo por la mezquindad y la parálisis.
Y en este infame trueque nos vamos poniendo grises, descendiendo en una escalera en espiral cada vez más oscura, más apagados, más presos, más vacíos, más muertos.
Miedo a lo que desconocemos, miedo al cambio, miedo a lo diferente que muchas veces vira en odio, un odio que corroe como un cáncer del alma
La semilla del miedo está en todas partes y surge como yerba mala donde el sustrato sea propicio, por eso hay que combatirla inmediatamente cuando asoman los primeros brotes, cuando es más fácil, cuando parece que no hace daño, cuando nos pone su cara de amiga.
Se convierte en gigante, y nos convence que no hay nada que podamos hacer, que no somos nada, impotentes frente a su colosal tamaño.
Pero la fortuna a veces nos ilumina, y un amor, una idea, un destello de luz se cuela por las grietas y nos da la certeza de que el miedo puede ser vencido, solo hace falta enfrentarlo y ponerlo en su lugar, su tamaño.
Y recuperamos lo más valioso que tenemos en la vida, nuestra libertad, ese regalo que damos por sentado y que no reconocemos hasta que lo perdemos.
La libertad, eso que necesitamos más que el agua, más que el aire, eso que cedemos sin darnos cuenta, por espejitos de colores o por nada.
Libertad para disfrutar, para soñar, para usar y gastar la vida de manera que al mirar atrás, haya muchos más orgullos que arrepentimientos.
Orgullos que parecen ajenos, pero son nuestros, y que podemos blandir para seguir empujando al miedo al lugar donde pertenece.
Porque no nos engañemos, el miedo nunca muere, se hace pequeño, pero siempre está en las sombras, en los recovecos de nuestras mentes, esperando impaciente, añorando recuperar su grandeza al menor descuido.
Reconocer que no es valiente el que no tiene miedo, es valiente el que lo enfrenta, el que lo combate.
Salud por todos esos héroes anónimos que peleamos todos los días contras nuestros miedos, haciéndonos más libres, comiéndonos al mundo.
Me encantó El miedo, el resto muy disfrutables tambien. Arranco con la novela. Muchas gracias por compartir tu singular hilado de palabras. Saludos!
jajaja Gracias Yani! me encantó eso de «mi singular hilado de palabras» jaja.
Espero que te guste la novela, después me contas.
Beso