No había nada de particular en él.

Nunca había ganado nada en la vida y no le importaba.

Ni siquiera su desenfado ni su nihilismo resultaban interesantes.

No poseía ninguna habilidad que lo destaque.

Su vida era un compendio de acontecimientos sin pena ni gloria, una continua sucesión de reacciones lógicas, no muy lucubradas, a las situaciones que se le fueron presentando, que desembocaron inexorablemente en aquel instante.

Cada mínimo detalle, los segundos que se detuvo en su recorrido a atar sus zapatos, la distracción que hizo que no pudiera llegar al verde del semáforo, el colectivo que pasó un minuto más temprano y no pudo tomar, eran invariables mecanismos de una coreografía de un derrotero escrito en piedra desde el origen mismo del universo.

Juan miro el cielo como hacía rato no lo hacía y supo que hoy iba a ser un día distinto, por primera vez en mucho tiempo sintió que todo podía pasar, que era el comienzo de una nueva vida llena de emociones y descubrimientos.

Hoy «tomaba las riendas de su destino», como había escuchado en una pelicula hacía minutos, y que considereaba una inequivoca señal, un murmullo que lo alentaba a la aventura.

No lo dilataría mas, hoy le diría a Laura lo que piensa, que desde hace 2 años que entro a la oficina, y no se la podía sacar de la cabeza.

Con la determinación del soldado que arremete en la batalla, dio el primer paso hacia su futuro.

Y fue ese estado de ensoñamiento el que no le dejó ver al 152, que venía de Olivos a la Boca a toda velocidad.