Sentado en un pasillo, con la cabeza entre las manos, recordaba una y otra vez las millones de veces que su esposa le había pedido que dejara cerrada con llave la puerta de la entrada, y que él, aunque siempre le contestaba que sí, pensaba internamente que no era necesario.

Justo esa vez, le había dado fiaca volver a la puerta, no valían las miles de veces que lo había hecho inmediatamente, «en 10 minutos salgo de nuevo, la cierro al salir» pensó.

Concentrado en lo que tenía que comprar, para que no le faltara nada nuevamente, paso por la puerta y la cerró como la costumbre obligaba, podría haber jurado ante un millón de tribunales que la había cerrado con llave!, se torturaba una y otra vez, mientras cerraba el puño con angustia.

Nunca se imagino que el perro, al ver salir a su dueño, se pararía en dos patas y bajaría el picaporte de la puerta para correr atrás de él.

«Si no me hubiera olvidado la leche, no hubiera pasado nada» trataba de convencerse para alivianar la culpa que lo carcomía y repasaba mentalmente cada uno de los detalles que pudieron haber prevenido la tragedia. Al terminar la frase se levanta violentamente para pegarle una trompada a la pared, rompiendo un azulejo y sus nudillos.

Las imágenes se le repetían en la cabeza una y otra vez, la frenada que le hizo darse vuelta cuando recién había cruzado avenida, el perro que corría atrás de él y el terror de ver la puerta de calle y de la reja abierta,… el terror…, indescriptible y crudo, cuando ve correr a su hija de 3 años atrás del perro.

¡¡No cruces!!, le gritó con el corazón explotando por la boca, pero en la escena que no para de repetirse, no se escucha ningún sonido más que el de la frenada, como si hubiera estado mudo.

Dos segundos que parecen no terminar nunca.

Y su cabeza en cámara lenta vuelve a repasar meticulosamente los eventos de cuando salió, como si en uno de los recuerdos, pudiera forzarse a cerrar la puerta, una y otra vez, ve que toma las llaves y en lugar de ponérselas en el bolsillo las mete en la cerradura, y por una milésima, siente un mínimo alivio, «la cerré esto es una mentira, no está pasando.»

Y el dolor que nunca se fue, vuelve y le dobla las rodillas mientras desliza la espalda contra la pared de azulejos del pasillo del hospital, hasta que queda sentado en el suelo, con las manos ensangrentadas sobre el rostro.

Y otra vez las imágenes, mientras espera que el médico salga de la operación y le diga que está todo bien, que ya pasó la angustia, que fue un susto nomás, y que Sole se pondrá bien.

Y los segundos se hacen horas y las horas días, «yo cerré la puerta» se repite y el peso de su cabeza no le permite ver la cara de su mujer implacable, vengativa, y se da cuenta que de eso debe estar hecho el infierno, de infinitos milenios de culpa y de la impotencia de no poder volver un minuto atrás.