Luis era un chico de pies fríos, no era algo que se planteara, porque siempre había sido así.
La gente que conocía tenía los pies fríos, no le parecía una característica relevante porque todo el mundo era así, pero se evidenciaba, en las cosas que hacían, cosas de gente con los pies fríos, era como decir somos gente con una boca, todo el mundo tiene una boca.
Había leído como una curiosidad que había gente con los pies calientes, pero eso pasaba en otros lugares distantes.
Todas las chicas que había conocido tenían los pies fríos como él. Tuvo un par de parejas y siempre hicieron lo que las parejas de pies fríos hacen.
Se compraban medias de lana y sufrían especialmente los inviernos. Los que podían tenían casas con lozas radiantes, y los que no, una chimenea donde acercaban sus pies al fuego.
Un día conoció a Laura y se enamoraron perdidamente, ella venía de otro lado, su acento la delataba, pero nunca se pudo imaginar que ella era una chica de pies calientes.
Rápidamente se pusieron de novios, a él le llamaba la atención que no usara medias de lana, pero no quería preguntar por no parecer mal educado.
Pasaron unos días y finalmente sus pies se tocaron debajo de las sábanas. El sintió como si hubiera pisado una brasa y aparto el pie inmediatamente, ella abrió los ojos sorprendida al sentir como si millones de agujas heladas se le clavaran en la piel, e hizo lo mismo.
Durante unos segundos se miraron sorprendidos sin poder entender lo que pasaba.
-Tenés los pies helados!- le dijo ella.
-No!, vos tenés los pies hirviendo!-respondió él.
Con cautela y como examinando un experimento intentaron tocarse nuevamente y sus reflejos hicieron que volvieran a separarse.
Lo intentaron un par de veces más, pero era evidente que les resultaría imposible, así que se convencieron que no podían estar juntos, y con tristeza se despidieron.
Pasó el tiempo pero él no podía sacársela de la cabeza.
No entendía cómo podía haber gente con los pies tan calientes, y cada vez que la oportunidad se presentaba trataba de tocar con sus pies helados una superficie con mucha temperatura.
El destino y la casualidad los cruzó nuevamente y no pudieron evitar la necesidad de juntarse.
Él, con sus pies ya más curtidos rozó apropósito los pies de ella, suavemente para no hacerle daño, pero con la intención de ver su reacción.
Ella sonrió y le contó que había estado todo ese tiempo caminando descalza sobre la nieve cuando tenía la oportunidad.
Y lo que en un principio les parecía insoportable se fue transformando en placentero.
Él ya no necesitaba de estufas ni medias de lana, una hermosa sensación tibia invadía sus pies.
Ella, ya no dormía en invierno con los pies afuera de la cama, una frescura desconocida hasta entonces, aliviaba sus pies.
Y así envejecieron felices, complementándose, inseparables con sus pies entrelazados debajo de las sábanas, con el resto del mundo incrédulo de que algo así podía existir, porque la gente de pies fríos no se junta con gente de pies clientes