Cuando en Historia, nos contaban en el colegio sobre guerras y pestes o hambrunas que asolaron pueblos enteros por muchos o pocos años, nunca pude evitar pensar que hubiera hecho yo en esa situación.
Como en las películas, cuando uno le grita al protagonista, no abras esa puerta! Sali corriendo y llama a la policía!!, y luego de contemplar como el pobre condenado a una muerte espantosa, hacía lo contrario, sin darme cuenta, una sensación de tranquilidad me recogía, «eso no me pasaría a mi» y con eso quedaba inmune de esa preocupación, «yo estoy a salvo».
Siempre pensaba, en Europa durante las Guerras mundiales, en la hambruna de la región del Volga que mató a más de 5 millones de personas, ¿por qué se quedaba esa gente allí?, ¿por qué no agarraban una mochila y se iban caminando si es necesario?, antes de que todo explote siempre estuvieron las señales ahí, para el que las quiera ver.
Aunque el destino no tuviera una tumba con tu nombre, la vida es muy corta para pasar un solo año entre semejante sufrimiento, porque no ejercer el derecho del inmigrante para buscar un presente y un futuro mejor para vos y tu familia en otro lado,… nadie dice que fuera fácil, pero seguramente sería mucho más sencillo que soportar semejante tormento. Nuevamente «eso no me pasaría a mi», y vuelvo a dormir tranquilo calentito en mi cama.
Hasta que una peste aparece en el otro lado del mundo, siempre lejana, siempre ajena, «estas cosas no pasan acá»
Luego empiezan a morir como moscas en la tierra de mis abuelos, «estamos del otro lado del charco, estamos bien»
Después empezaron los casos acá, «solamente tienen problemas los que viajaron»
Los siguientes fueron las villas, «Se contagiaron los que trabajaban en casas de los que viajaron y porque viven hacinados se desparramo entre ellos, no es nuestra situación»
Y el tiempo pasó, y los enfermos ya no eran extraños, y los muertos tenían nombre, y el peso de la angustia se hacía carne, inmovilizándonos, quitándonos reacción de a poco, como la rana que moría en el agua que se fue calentando lentamente.
¿Cuándo pasó? ¿Por qué no sonaron las alarmas?
De repente me siento muy humilde, sin menos decisión que una hoja arrastrada por el viento.
A veces no nos damos cuenta de la fragilidad de nuestras vidas, saludos Sebastián.
SI, tenemos una falsa seguridad, de que las cosas siempre les pasan a los demas, gracias por leerlo. Saludos