En el buffet de un club de un pueblo, en una de esas infinitas y tibias noches de verano se habían juntado, como siempre, un grupo de amigos mechando vasos de cerveza, con posibles soluciones al mundo.
Charlas que variaban de lo buena que se había puesto la prima de fulano, a si Crespo y Batistuta podían jugar juntos en la selección.
Hasta que en una de esas incursiones, uno tira sobre la mesa la cuestión sobre lo que haría, si se viniera el fin del mundo.
−»me quedaría escuchando discos con un buen vino»
−»me robaría una Ferrari y la pisaría lo que me quede de vida»
−»me encierro con las mejores putas que pueda pagar»
Y así, por horas.
David, el bufetero, era un legendario personaje, que oficiaba de guía espiritual, y que disfrutaba de dar pequeños aportes de sabiduría, provenientes experiencias propias de dudosa veracidad, cada vez que se arrimaba a la mesa para alcanzar una botella o alguna hamburguesa.
Al escuchar la consigna y varias de las respuestas, puso su típica cara de desaprobación, mientras sacudía su cabeza de lado a lado sutilmente, pero lo suficientemente evidente para que los jóvenes lo notaran.
¿Qué te pasa David?-Le pregunta uno de ellos para darle el gusto.
Con una voz ronca y curtida, como recitando la letra de un tango, contesta: −me sorprendió escuchar tantas variantes de la resignación, no escuché una voz de resistencia, de rebeldía.
−Ninguna idea obcecada de inútil persistencia¬−Recita con un tono exagerado, mientras les da la espalda, levanta un dedo al aire y se va alejando de la mesa.
Los muchachos se quedaron mudos, sorprendidos en primera instancia y empezando a dibujar una sonrisa en la segunda.
No le responden inmediatamente para hacerlo sufrir, hasta que uno de ellos le grita con un una intencional insolencia para darle el pie, que todos sabían, él estaba esperando: −¿Y vos qué harías?
David se acerca lentamente, disfrutando la atención.
Apoya la bandeja en la mesa y como dando un sermón desde su púlpito comienza a hablar.
−Lo primero que haría, es juntar a mi familia, como regla número uno ante cualquier catástrofe.
−Luego pondría las cosas en orden, hablaría y escucharía a cada uno lo que tenga que decir, no dejaría nada guardado, les diría en la cara lo que significó mi vida gracias a ellos.
−Y por último, cuando se acaben los besos y los abrazos,… resistir.
−Buscar la manera, ver porque es el fin del mundo y ver qué podemos hacer para sobrevivirlo.
−¿Una epidemia mortal?: vamos a la isla donde no haya una persona en kilómetros.
−Que el final nos encuentre luchando.
−¿Una Guerra nuclear? : consigamos comida y busquemos algún túnel, caverna, no sé y veamos de qué manera nos podemos proteger aunque sea inútilmente.
−¿Inundaciones?:Busquemos y robemos un barco,
−¿Zombis?, consigamos palos y ballestas
−¿Extraterrestres?, negociemos.
−Pero no nos rindamos, porque eso no es lo que somos, no importa que parezca inútil.
Aprovechando el silencio que se había generado, se yergue con parsimonia y levantando el dedo índice, remata,:
−Fútiles intentos ante un final impostergable, puede ser, no se lucha solo para ganar, se lucha porque la lucha nos define, vendamos cara la derrota, como dijo el gran Almafuerte: «Que vocifere venganza, ya rodando en el suelo tu cabeza».
Tomó su bandeja y se dirigió a la cocina a preparar una hamburguesa completa.